Por qué pienso que las infantas son republicanas (y el emérito, también)

La falta de ejemplaridad y la desconexión de la realidad de todos ellos es el principal enemigo con el que tiene que luchar a día de hoy Felipe VI.

La discusión sobre la Monarquía en España ha estado siempre inflada. Nunca ha aparecido entre las principales preocupaciones de los españoles en esos estudios de opinión que meten el termómetro para saber qué piensan los ciudadanos sobre lo que pasa en el país. Y, más allá de cuatro mensajes exaltados en la República de Twitter, hay un cierto consenso en aceptar que la calidad democrática de nuestro sistema constitucional no se mide por el sistema elegido (monarquía parlamentaria o república) sino por la capacidad de este sistema de proporcionar un escenario de libertades plenas y de prosperidad.

Así, podemos tener convicciones muy republicanas sin por eso negar las fortalezas de de países como el Reino Unido, Suecia, Noruega, Dinamarca o Bélgica. Y, a la misma vez, podemos ser muy monárquicos sin negar la exhibición de republicanismo democrático y bienestar de naciones tan poderosas como Francia, Alemania o Italia. Nos podemos empecinar lo que queramos a la hora de encerrarnos en nuestras creencias políticas, pero todos sabemos que negarle el carácter impecablemente democrático a una monarquía parlamentaria es un absurdo que soporta muy poca discusión (salvo en los grupos de whatsapp y similares, que allí todo vale).

Ahora bien, por el carácter marcadamente constitucional de estos sistemas, a los miembros de las familias reales que ejercen las más altas responsabilidades institucionales en estos países se les exige una ejemplaridad de grado diez sobre diez que aporta la estabilidad, el sosiego y la tranquilidad de eso que podríamos llamar el peso del Estado. Y cuando ésta falla, al sistema le duelen las piernas.

Las familias reales también son humanas y sus integrantes cometen errores y excesos que no tienen por qué comprometer ni a la institución ni al sistema. Pero en todo hay un límite. Y en España lo estamos forzando.

Coincido con el periodista Jose Antonio Zarzalejos en que si la oposición furibunda al Rey la abanderan dirigentes del corte de Pablo Iglesias o Alberto Garzón, la Monarquía en España no corre peligro. El antirepublicanismo visceral tiene su público, muy ideologizado y ruidoso en redes, pero también minoritario.

Pero el problema es que esta oposición llega desde dentro. Te la hacen desde tu propia casa, que es lo que le esta sucediendo a Felipe VI, quien tiene que sobrellevar como puede el comportamiento bochornoso y nada edificante de los últimos años de su padre, el rey emérito; la falta de ejemplaridad de sus hermanas Elena y Cristina, infantas en la línea sucesoria, que se vacunan en Abu Dabi mientras faltan dosis contra el coronavirus en España, y los efluvios de un cuñado avispado que ha terminado en prisión.


La falta de ejemplaridad y la desconexión de la realidad de todos ellos es el principal enemigo con el que tiene que luchar Felipe VI para mantener su legitimidad en un país que sufre como tantos otros los estragos sanitarios y económicos del coronavirus.

Al rey no hay que defenderle ni del independentismo de sofá ni del republicanismo deluxe del podemismo más enfervorizado. Al monarca hay que defenderle de su padre y de sus hermanas, cuyos comportamientos parecen más propios de republicanos durmientes que quieren cargarse la monarquía que de una familia que lleva la institución en la sangre.

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